Tres altos funcionarios europeos de inteligencia alertaron a la AP que los servicios secretos rusos escalan sus operaciones de robo de tecnología occidental mediante empresas fantasma, intermediarios y ciberespías, mientras la economía de guerra de Putin se acerca al límite (Fuente Securityweek).
Las sanciones impuestas a Rusia tras la invasión de Ucrania están haciendo efecto, pero con una consecuencia no buscada: empujan a Moscú a volverse más audaz en el robo de lo que ya no puede comprar. Las agencias de inteligencia rusas intensificaron sus esfuerzos por robar tecnología occidental y secretos de defensa a medida que las sanciones comprimen su economía de guerra, según tres altos funcionarios europeos de inteligencia que hablaron con la Associated Press.
Los métodos que utilizan son variados y sofisticados. Los agentes de Moscú construyen empresas falsas, reclutan intermediarios y despliegan ciberespías y hackers que recopilan información que también podría usarse para atacar infraestructura crítica. Cuatro años de sanciones internacionales obstaculizaron la capacidad de Moscú para adquirir maquinaria, tecnología e investigación de Europa, mientras la guerra de desgaste en Ucrania presiona industrias clave y empuja al país hacia una posible crisis financiera.
El cuadro económico detrás de esta escalada es elocuente. La economía rusa «no está funcionando bien en absoluto», según Kaupo Rosin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior de Estonia, y aproximadamente un tercio del PBI ruso se destina actualmente al esfuerzo bélico. El gobierno ruso había proyectado un déficit presupuestario de 3,7 billones de rublos (unos 52.100 millones de dólares) para todo 2026, y ya había alcanzado aproximadamente 3,4 billones de rublos hacia fines de febrero. La guerra con Irán que estalló el 28 de febrero generó un alivio parcial al disparar los precios del petróleo, pero según Rosin eso no alcanza para revertir la tendencia: si la presión occidental persiste, Moscú podría enfrentar consecuencias aún más graves.
Lo que está en juego no es solo tecnología comercial. Las operaciones de espionaje apuntan directamente al corazón de la capacidad militar y estratégica de Occidente, en un momento en que la brecha tecnológica entre Rusia y sus adversarios se amplía por el efecto acumulado de las restricciones de exportación. Para las agencias de inteligencia europeas, la señal es clara: cuanto más aprietan las sanciones, más desesperada —y más peligrosa— se vuelve la respuesta de Moscú.

