Miércoles, 4 de febrero. Frontier Tower.
La Frontier Tower es un fósil de la economía del coworking, un antiguo WeWork, reconfigurado como una «ciudad vertical para tecnologías de frontera». La arquitectura es una estratigrafía del hype: cada piso es un estrato geológico de código. Ethereum y blockchain en la base; salud y longevidad más arriba; luego IA y biotecnología. En ese último nivel operamos nosotros con Toyoko.
El vestíbulo tiene la textura de una disco under que ha sobrevivido a un bombardeo mediático. Grafitis sobre paneles de policarbonato, carteles de eventos olvidados y anuncios que ofrecen crédito a cambio de muestras de sangre menstrual. Buscan células pluripotenciales. Los «ciudadanos» del edificio son un muestrario de la diversidad de San Francisco: un doble de Richard Stallman con un perro pomerania bajo el brazo, una china experta en clonación de pelo verde neón y una cripto-trader eritrea que se la pasa viajando a eventos de blockchain por todo el globo.

El segundo piso: El Ruido.
Llego 15 minutos antes. El lugar ya está saturado. Al frente, los técnicos luchan con el feedback de los equipos; al fondo, el catering se despliega como logística de guerra. Hay comida para doscientas personas agolpadas en un espacio diseñado para la mitad. Cajas de pizza grasientas, sopas individuales, hummus, bolsas de snacks varios. Lo de siempre. Pero hay algo distinto: bandejas metálicas sin marcar, selladas. Un misterio térmico en mitad del caos.
El volumen es ensordecedor. Una masa crítica de gente gritando para superar la electrónica que escupen los amplificadores. Intento filtrar los idiomas, pero mi capacidad de reconocimiento de patrones falla; las lenguas se mezclan en una sopa de sintaxis irreconocible. Me enfrento a una decisión táctica: ganar terreno frente a la pantalla principal o apostar por la posición cerca de las bandejas metálicas.
La pinza del cangrejo
Entre la multitud proliferan las antenitas de plástico y las camisetas con iconografía de crustáceos. El tema es el software del momento: OpenClaw.
Su historia ya se llevó puestas varias marcas: Clawdbot, Moltbot y finalmente OpenClaw. Anthropic no toleró la fonética de la primera versión; la legalidad corporativa forzó la muda de piel. OpenClaw no es un chatbot; es un agente. No responde preguntas; ejecuta órdenes en el mundo real. Para los cultistas, es la llegada de la AGI, un retorno de Jesucristo en código binario. Para el resto, es una herramienta revolucionaria, inmadura y letalmente inestable.
Si vas a probarlo, hacelo en un servidor aislado. No toques tu máquina personal. Es una herramienta poderosa, pero su seguridad por el momento deja mucho que desear.

El Banquete y el Código.
ClawCon se vendió como una conferencia de desarrolladores para mostrar skills (plugins para el sistema). En realidad, es un festival, una especia de vuelta de la victoria por lo que ha conseguido en tan poco tiempo. OpenClaw la pegó en GitHub: 130,000 estrellas en una semana, 20,000 forks. Es el quinto programa en TypeScript más relevante del planeta, acechando a pesos pesados como Visual Studio en apenas dos meses. Es una “killer application“, el tipo de software que justifica el hardware, como VisiCalc lo hizo para el Apple II. Hay gente comprando Mac Minis solo para que OpenClaw tenga un cuerpo donde habitar.
Peter Steinberg sube al escenario con la resolución de una estrella de rock. En ese momento, se abren las bandejas: Dungeness crab. Decenas de cangrejos rojos, cortesía de Kilo.ai, una anomalía biológica en una convención de software. Consigo mi ración y un asiento mediocre en la mitad del auditorio. Pelar un crustáceo mientras esperas el futuro es una forma extraña de meditación.

La Función.
Steinberg abre fuego intentando calmar la paranoia colectiva: «Hemos contratado a alguien para seguridad». Aplausos y gritos de felicidad. Es un placebo para una audiencia que sabe que el sistema es inseguro por diseño. Siguen las demos: robots disfrazados de cangrejos que resultan ser de una liga de lucha (UFBots), sistemas de custodia de claves privadas que prometen inmunidad ante hackeos.
En el Q&A con el público, Steinberg lanza su proclama: el proyecto seguirá siendo software libre, aunque el olor al dinero de Google o NVidia flote en el aire. Reconoce que el software es un peligro; los usuarios están exponiendo servidores locales a la red pública por pura negligencia. Steinberg confía en solucionar el prompt injection mejor que las grandes corporaciones, una afirmación que suena a bravuconada en este entorno. La última pregunta la hace un Clawbot. No hay respuesta coherente, solo ruido en la interfaz.
Al final, la masa se amontona sobre Steinberg. Yo me retiro. He tenido suficiente San Francisco por hoy.

Peter Steinberg saludando fans
